Al otro lado me esperaba la misma camarera de todos los días, preparando el café y los bocadillos de todos los días, con la misma resignación de todos los días.
A mi derecha, apoyados sobre la barra, descansan un sol y sombra y su dueño. La mirada perdida sobre el espejo cae hasta el vaso de chupito, que vacía de un sólo trago.
Tomo mi café con calma y me dispongo a perderme entre las letras del crucigrama. Hoy, por primera vez en mucho tiempo, no he sido capaz de terminarlo.
La chica, sin mucho entusiasmo, iba disponiendo lo necesario para comenzar la jornada; mientras, el señor observaba el movimiento de su trasero en su ir y venir, absorto, con esa estúpida sonrisa dibujada en la cara.
Al fin, el individuo, se despierta de su aletargamiento, y comienza la verborrea de improperios con ánimo de seducir a la chica, a lo que ella, como se suele hacer en estos casos, contesta educadamente con una media sonrisa y continúa entretenida en sus tareas.
Es entonces, tras ese repertorio de vulgaridades, cuando evoca mi memoria el momento en que decidí dejar esa vida. Es en ese momento cuando recuerdo por qué decidí seguir estudiando, y ser algo más que la chica a la que miran el trasero.


